A las 12:30 de ese 6 de abril de 2020, el uso de mascarillas se volvió obligatorio para 14 millones de ecuatorianos. La medida buscaba evitar la propagación de la COVID-19.

Cuando por fin el actual Gobierno concrete su plan de vacunación, con una fecha programada para el 5 de septiembre, será entonces un año, cuatro meses y 30 días llevando a cuesta una prenda que muchos consideran esencial en su vestimenta, aunque no por esto dejen de desdeñarla.

Es por eso que la posibilidad de que, tras alcanzar en 100 días la inmunidad de rebaño, se revise finalmente la orden de usar mascarillas en espacios públicos, emociona a muchos, pero preocupa también a otros tantos.

“Puede que por obligación o seguridad nos hayamos acostumbrado al uso de las mascarillas, pero hay quienes estamos deseando no llevarlas más”. Quien lo asegura es Carolina Pillajo, vocera de La Aguja Mágica, una tienda de Urdesa que en tiempos normales confecciona ropa y fajas, pero que desde la pandemia destinó la mayor parte de sus insumos también a fabricar tapabocas.

Esta microempresa formada hace cinco años calcula que hasta ahora ha producido unas 20 mil unidades. “Cuando nuestros productos dejaron de ser demandados, las mascarillas nos salvaron de estar en crisis, pero ya es hora de dejar esta especie de moda obligada y volver a mostrar nuestras sonrisas”, agrega Pillajo.

Cada cierto tiempo en la ciudad se ejecutan operativos para verificar que las medidas restrictivas a causa de la pandemia se cumplan, y cada vez se constata que decenas de personas hacen caso omiso al distanciamiento social o al uso de las mascarillas.

España anunció hace poco que el uso de tapabocas dejará de ser obligatorio a finales de mes. Ya lo han hecho algunos estados de EE. UU. y otros países. ¿Está próximo el día en el que Ecuador vuelva a descubrirse la cara públicamente? Un médico y dos virólogos ecuatorianos evalúan las posibilidades que tiene el país para cumplir el Plan de Vacunación 9/100, pero también los riesgos que implican las nuevas variantes, frente a esa posible decisión.

El presidente del Colegio de Médicos del Guayas, Wilson Tenorio, es uno de los que considera que es muy pronto para pensar en aquello. Antes de suspender la obligación de las mascarillas o el distanciamiento social, hay que esperar los resultados del plan de vacunación, asegura.

“Aún no hay en el país todas las dosis que se precisan para cumplir esos planes”, aclara este médico, quien se atreve a pensar que se requerirán por lo menos entre cinco a siete años, con planes de vacunación cada 12 meses, para recuperar la normalidad de antes de la pandemia.

Tenorio prefiere ser cauto. Aunque reconoce que la Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que todas las vacunas aprobadas y que se están distribuyendo por distintas partes del planeta están resultando eficaces frente a las diferentes variantes que presenta la COVID-19, este líder gremial considera que el coronavirus es poco predecible. “Mejor seguimos con las mascarillas, el lavado de mano y el distanciamiento social”.

Algo similar opinan Aracely Álava Alprecht, una reconocida científica ecuatoriana que laboró por más de 40 años en el Instituto Nacional de Higiene. “No estoy de acuerdo con bajar la guardia. Es decir, las medidas de bioseguridad deben mantenerse hasta que poco a poco el virus vaya disminuyendo y esto dependerá del porcentaje de personas que hayan sido vacunadas, algo que está subordinado a que otros países y laboratorios cumplan con sus promesas de entrega de las vacunas”.

Carlos Mosquera, virólogo y catedrático jubilado, considera que hay que mantener el ritmo de vacunación y las medidas. Recurre a una alegoría al decir que “si fallamos en una de las dos patas, tendremos un fallo que posiblemente se traduzca en un pico pandémico”.

Según el promedio móvil del sitio estadístico Our World in Data del 4 de mayo, Ecuador administró hasta ese día 2,6 millones de dosis, es decir, hay 853 mil personas con la dosificación completa. Lo cual equivale al 4,9 % de la población total. Mientras que, la última revisión del Gobierno acerca de la disponibilidad de vacunas determina que hasta el 20 de mayo es de 3’896.790 dosis.

El nuevo Gobierno, que asumió cuatro días después, anunció hace dos semanas que se iban a adquirir seis millones de vacunas CanSino, de producción china. La primera entrega se programa para julio -tres millones-; el restante, a inicios de agosto.

El presidente de la Cámara de Industrias de Guayaquil, Francisco Jarrín Rivadeneira, es más optimista, considera que si se cumple la meta de vacunar 9 millones de personas “estaríamos con el 50 % de la población vacunada, con lo que es muy probable se adopten medidas de otros países como Israel o Estados Unidos que sugieren no usar mascarilla en espacios abiertos”.

Uno de los sectores económicos más afectados es el de la llamada industria blanca. Holbach Muñeton preside precisamente la Federación Nacional de Cámaras de Turismo, y no cree que una decisión como esa sea conveniente en este año. “Más que llevar o no la mascarilla, importa que nos reactivemos económicamente”.

Este empresario está vinculado al sector hotelero, que ha enfrentado una serie de cierres durante la pandemia, pero considera que se debe observar experiencias de países que tienen las suficientes dosis, pero que no logran el porcentaje necesario para evitar una nueva cuarentena. “Hay que buscar la manera de hacer efectiva la inmunización en ese 75 % del que hablan las autoridades. Promover el carné de vacunación para ingresar a ciertos sitios. De lo contrario, puede que nos tome más tiempo decidir que ya podemos descubrirnos el rostro”.

Nueva modalidad en tiempos de vacuna

Chile, modelo latinoamericano en lo que a la campaña de vacunación implica, es también referente de que la inmunización de gran parte de la población no es toda la solución a la pandemia. Así lo dejó explícito María van Kerkhove, la jefa de la célula técnica contra la COVID-19 de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“Tomará tiempo para que las vacunas tengan el impacto que todos esperamos”, asegura al comentar el caso de Chile, donde una gran parte de la población está inmunizada, pero los casos y muertes tardan en remitir.

“Para Chile y para todos los países, deben tener en cuenta que las vacunas son una herramienta muy poderosa, pero que también se necesita aplicar otras medidas que pueden prevenir infecciones, reducir la propagación y que aquellos que se contagien no desarrollen una enfermedad grave y mueran”, dice Van Kerkhove. EFE