Por: Isaac García de la Cruz

Los ciudadanos del Siglo XXI estamos sometidos a la inmediatez de la intodoformación y a la necesidad de estar atentos a lo que pasa en el último rincón del planeta para lograr estar actualizados.

En los últimos días nos han arropado de noticias verdaderas y falsas, alarmas, miedos, chistes, emojis, exageraciones, burlas, desinformación, canciones, bailes, de temor y tremendismos videos.

Orientaciones de prevención, góndolas vacías en los supermercados, personas pelearse por los escasos productos, ciudades desiertas.

Suspensión de conciertos, de temporadas deportivas, de congresos, graduaciones y conferencias.

Calles desoladas, museos y plazas cerradas, aeropuertos vacíos; países en pánico y el etcétera que no termina.

Definitivamente, el mundo cambió. Ya no somos los mismos.

Vivimos el mes de diciembre del 2019 con alegría y la ilusión de un 2020 más próspero y feliz; sin haber concluido el primer trimestre del año, el panorama pudiera parecernos sombrío y desbastador.

Las grandes economías se caen, la gente se aísla, las fronteras se cierran.

Hay temor a la cercanía del otro, países donde las personas no se pueden saludar ni abrazar, tienen días y semanas que ven sus hijos y nietos, solo por video llamadas.

Se desabastecen los almacenes y, en algunos lugares, empieza a palparse la escasez.

Los precios de productos de prevención de la enfermedad están por las nubes y, para colmo, la ciencia y la medicina aún no tienen respuestas a tan inesperado “huésped mundial”.

Aunque hay países donde no ha llegado el “indeseado intruso”, literalmente, todo el mundo se encuentra perdido en su propio hábitat.

Los más de 40 mil kilómetros de la circunferencia de la tierra en el Ecuador y los más de 500 mil kilómetros cuadrados de su superficie, han sido recorridos en su mayoría por el Covid-19 (Coronavirus) en menos de 120 días.

Contagiando a más de 1000 personas diariamente en rincones impensables, aunque por encima del 90% de los casos están en China.

Esta es una realidad cambiante y hay personas que permanecen en este estado de situación y se quedan con la visión pesimista del momento, difundiendo la idea que el “mundo está muriendo”.

Pero también está la visión optimista: del que, sin desconocer el nivel de urgencia, ve la “luz al final del túnel”.

Hay ciudades que las han declarado libre del virus, disminución de los casos de contagios, hemos celebrado la noticia de quienes ya se han curado y regresado a sus casas después del aislamiento en los hospitales.

Que menos del 2% de los enfermos mueren y tenemos fe que pronto llegará la paloma con el ramo de oliva en el pico (Gn 8,11) y aparecerá en los noticieros mundiales y los titulares de los periódicos, el nombre de la cura.

Que, por cierto, sabemos que en algún árbol o sustancia del planeta está escondida, esperando ser descubierta y se producirá el más grande aplauso jamás escuchado en el concierto de las naciones.

El año 2020, siendo apenas un jovenzuelo de tres meses de nacido, nos ha enseñado muchas cosas: como el hecho de que hoy más que nunca se hizo verdad que somos una pequeña “aldea global” (MacLuhan) y nos percatamos de la necesidad de colaboración entre los países.

De prepararnos para catástrofes, epidemias y pandemias futuras, desconocidas hasta el momento.

Urge crear una cultura de prevención de enfermedades, pero también se descubre la importancia de saludar, a pesar de la prisa; del abrazo a papá, a mamá, a los hijos, a los vecinos.

Porque no sabríamos en qué momento dejaríamos de hacerlo, aun estando a la escasa distancia de dos (2) metros e incluso a valorar los paseos en las plazas y parques, porque no sabríamos qué día ya no sería posible cruzar la calle.

Hay necesidad de sonreír al transeúnte y tratar de tocar el corazón del otro, mirándolo a los ojos, para saber cómo acortar distancias cuando los kilómetros o circunstancias lo impidan.

Y, en medio de la crisis sanitaria mundial, permeando todo, dando esperanza y ánimo, allí está la fe.

La respuesta de Dios al momento actual, en el cual vivimos un nuevo diluvio (Gn 6,13); de hecho, no nos dio tiempo para construir “nuestra barca”.

Sin embargo, allí está el Señor acompañando a su Pueblo en medio de las siete Plagas en Egipto (Éx 7-9).

Y todo cristiano sabe, el valor de la fe y, como nos enseñaron hace siglos los Padres de la Iglesia (discípulos) que la “barca es la Iglesia”.

Allí sigue Jesús, haciéndose el dormido y nosotros, como sus discípulos, asustados, temerosos y temblorosos pensando afondar, sintiendo ahogarnos y, al mismo tiempo, siendo reprochados por Jesús.

“¿Por qué son tan miedosos? ¿Todavía no tienen fe?” (Mc 4,35-41).

Los países que viven cuarentena, ya empiezan a contarnos su historia y la vuelta a los orígenes y sus valores.

La Iglesia se convirtió en Doméstica (Iglesia en casa), la oración la hacen todos juntos.

La vida se desenvuelve dentro del hogar, mientras antes era difícil reunirse en familia, hoy es imposible irse.

Se defendía el “tiempo de calidad” y se está redescubriendo que lo que tiene verdadero valor es el “tiempo de cantidad”.

Se redescubre la alegría de comer todos juntos en la mesa diariamente, de saber cuántos son en familia y empiezan a notar la ausencia de algunos en la sala.

De comprender el valor de la libertad, de recordar historias pasadas e infantiles, de volver a la costumbre de sentarse juntos.

De contar chistes que hicieron sonrojar algunos, de la expectativa de las buenas noticias en la televisión y de los comentarios que muestran que ya los niños crecieron.

Y, en medio de todo, la hermosura de creer que la presencia de Jesucristo, no sólo sanó multitudes de enfermos en su tiempo, sino que lo sigue haciendo hoy.

Que Quien andaba por las calles de Israel bendiciendo y sanando paralíticos, mudos, cojos, ciegos, leprosos y reviviendo muertos, lo hace hoy.

Con esa misma convicción el Padre Gianni Regolani, en Italia, bendijo con el Santísimo Sacramento, desde un helicóptero, las zonas rojas de la Provincia de Parma.

Andrea Vena, Párroco de Bibbione, con megáfono en mano, subido en un triciclo, y agua bendita, oró y bendijo casas, calles vacías y personas encerradas.

Ó el Papa Francisco que, dejando el Vaticano, cruzó la ciudad de Roma vacía, para orar ante la imagen de la Virgen Protectora del Pueblo Romano (Salus Popoli Romano).

Y luego caminando por la Vía del Corso, al igual que lo han hecho millones de peregrinos durante siglos, para pedir el fin de la pandemia ante el Crucifijo conservado en la Iglesia de San Marcel.

Allí donde los dominicanos residentes en Roma se reúnen cada mes a celebrar la Eucaristía.

A este Crucifijo se le atribuye el milagro de haber salvado la ciudad de Roma de la “gran peste” en el 1500.

Eso es tener fe. Estos sacerdotes, con gestos tan concretos, muestran al mundo que “todo es posible para quien cree” (Mc 9,23) y nos invitan a que el mundo entero se una en oración permanente para pedir al Señor que sane los enfermos y contagiados de este virus.

Que acoja a los difuntos fruto de esta enfermedad, que libre a los sanos de contagiarse, que proteja a los médicos, enfermeras, auxiliares y familiares que asisten a los enfermos, que ilumine los científicos para encontrar rápido una cura y a todos nos ayude acercarnos cada vez más a él.

A la luz de la fe, hay dos actitudes concretas, para enfrentar el momento histórico que estamos viviendo: orar sin desanimarse (Lc 18,1) y seguir las indicaciones de las autoridades competentes.

Mientras oramos también por nuestras autoridades porque “deben decidir muchas veces medidas que no gustan al pueblo”, a decir del Papa Francisco, lo que hace que “se sientan solas, no comprendidas”.

No desfallezcamos, es hora de orar y actuar.

Mantengamos la fe y digamos: Jesús, ¡Médico de sanos y enfermos, cubre con tu Sangre el mundo entero y devuélvele la salud y la paz! ¡En ti confiamos! Amén.