Cientos de personas se reunieron en el parque El Ejido frente a la Casa de la Cultura, donde miles de indígenas permanecieron la segunda semana de octubre para protestar por la eliminación del subsidio a los combustibles.

Al ritmo de la popular canción “Lindo Quito de mi vida”, la gente se congregó en el parque luciendo camisetas blancas, portando banderas de la ciudad y de Ecuador, pero también con escobas, palas y otros implementos para participar en una “minga” de limpieza, como se conoce al trabajo comunitario en Ecuador.

“Me da mucha nostalgia, tristeza encontrar un edificio público destruido. Todos tenemos derecho a protestar, pero la violencia reinó más”, se lamentaba Gabriela Villacís mientras la caminata por la paz pasaba cerca del edificio de la Contraloría General del Estado, quemado durante las manifestaciones.

Convocados a través de redes sociales, los participantes caminaron hacia el casco colonial que, junto a la zona del Parlamento y la Contraloría, fueron las más afectadas por las violentas protestas y represión policial.

En medio de jóvenes, ancianos, bebés en brazos y gente en silla de ruedas estaba Pedro, un niño de cinco años que mientras ondeaba la bandera de Quito, comentaba a Efe que caminaba “por la paz, porque estaban destruyendo Quito”.

Con cada paso, los caminantes querían “sanar las heridas en el alma” que les dejó la inusitada violencia en las protestas.

Flanqueada por paredes que aún lucen pintadas contra el Gobierno y el Fondo Monetario Internacional (FMI), la marcha por la paz entró por las estrechas calles del Quito Viejo para encontrar en el camino decenas de personas limpiando aceras, paredes, puertas dañadas durante las protestas.

“Ni la lluvia nos detiene”, gritaban los participantes que avanzaron en medio de la llovizna, para encontrarse en la plaza del Teatro Sucre con la Orquesta de Instrumentos Andinos y, en una primera parada, entonar el himno de la ciudad y escuchar música alegre que puso a bailar a Beatriz Molina, de 68 años.

“Estoy aquí después de haber estado rota el alma al haber visto la demencia, no de nuestro pueblo, de los infiltrados”, dijo Molina Efe al asegurar que estaba en la caminata para restablecer el alma, el corazón y para decir que Quito es una ciudad “de gente buena”.

Cerca suyo y como en una especie de ola, telas de veinte metros de largo por casi dos de ancho, con los colores amarillo, azul y rojo de la bandera de Ecuador, recorrían la plaza del Teatro.

En ese mismo sitio hace una semana había manifestantes y policías, y hoy voluntarios de toda edad y condición formaban brigadas a fin de recibir instrucciones para limpiar la ciudad.

Allí estaba Sonia Morales, de 65 años, con su “corazón dolido” por la violencia en las protestas, pero con la disposición de apoyar en la limpieza, “a pintar, a barrer, lo que haga falta”, dijo a Efe.

El vicealcalde de Quito, Santiago Guarderas, expresó su “rechazo profundo” a los vándalos y calculó que se requerirán unos 800.000 dólares para reparar los daños dejados por las protestas, en las que tanto el Gobierno como los líderes de indígenas atribuyen la violencia a grupos “infiltrados”.

“No se puede concebir que pueda haber gente tan mala que destroce el patrimonio (…), que afecte la seguridad de los habitantes”, dijo a Efe antes de reflexionar sobre lo ocurrido en Ecuador y Chile y concluir que en Latinoamérica hay “un movimiento que quiere desestabilizar a los Gobiernos”.

Algunas rejas usadas por la Policía durante las protestas para bloquear el paso hacia Carondelet, la sede del Ejecutivo, estaban este domingo aún en una de las equinas del casco colonial.

Junto a ellas y a los pies de una iglesia, turistas escuchaban a un guía las razones por las que la Unesco declaró en 1978 al casco colonial de Quito como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Al igual que el turismo, también el comercio se recuperó con el fin de las protestas el pasado domingo, cuando se anunció la derogación del decreto que eliminó los subsidios a los carburantes.

Testigo de primera línea de la historia por la ubicación de su cafetería en plena plaza de la independencia y a un costado de Carondelet, Guadalupe Tito cuenta a Efe que por primera vez en treinta años tuvo que cerrar su local por más de quince días.

Sin cifras exactas de sus pérdidas, este domingo Tito iba y venía alegre y casi sin descanso por su pequeño local atendiendo a turistas y a varios de los caminantes por la paz que, poco después, se juntaron con cientos de fieles en la Catedral en una eucaristía por el diálogo en una ciudad que clama por paz.