Marcia Carrera es una mujer que ama a los perros. Ese sentimiento tan profundo no le permite ver sufrir a uno en la calle. Y así empezó todo: adoptando a uno, que luego fueron 40 y que ahora son 208 en un refugio.

Hace memoria de cómo se dio esa situación. Cuando su hija entró a la universidad, y para no quedarse sola en casa, empezó a criar a un schnauzer. Ella cuidaba del animalito como si fuera un hijo, pero en un día trágico este fue atropellado, perdiendo la vida. Entró en una depresión profunda. Al ver la tristeza que padecía, y con el objetivo de suplir ese dolor, su hija le regaló una pareja de schnauzers. Esa pareja tuvo una camada de 7 cachorros.

En una ocasión, por el año 2015, Marcia notó que un perrito estaba abandonado.

  • Si se deja coger nos lo llevamos –le dijo a su hija.
  • ¡Pero ya tienes 9!
  • Uno más –sonrió.  
Marcia trapea en la cocina del refugio mientras los perritos observan la comida que se está preparando. Foto: Juan Pinchao

Luego de la primera adopción se interesó mucho más por los perros callejeros. Hizo rescates y paulatinamente pasó de tener 10 a 40, lo que empezó a molestar a sus vecinos de la residencia privada El Condado, en donde vivía por entonces. Debía buscar otro lugar.

Su hija, Valeria Saud, había creado una página de Facebook para mostrar su labor. De ahí llegó la solución: uno de los seguidores, Fernando Moya, prestó uno de sus terrenos en el barrio La Pampa, en Calderón, norte de Quito, Ecuador.

Así nació, hace aproximadamente cuatro años, el Refugio Amigos de Isabella, que lleva ese nombre en honor a su nieta, quien siempre le dice que «quiere ir a ver a sus amigos».   

Aunque llegó con 40 peludos al nuevo refugio, el número, una vez más, no tardó en crecer.

Hasta mediados de marzo del 2020 en el barrio La Pampa se asentaban, durante los fines de semana, comerciantes mayoristas que vendían frutas, legumbres, hortalizas y, como si se tratara de una mercancía más, cachorros. «Los que no podían vender los dejaban en la basura, sobre todo hembras», recuerda Marcia. Entonces ella, después de la feria, los recogía y les brindaba la oportunidad de un hogar. 

Siguió rescatando perros abandonados que, en Calderón, la parroquia más poblada de Quito, no son pocos. Además, otras personas le entregaban más perros que eran de otros sectores. En un momento, asegura, el refugio llegó a tener hasta 228 canes. Aunque el terreno en el que ahora está tiene 1.800 m2, la capacidad se ve rebasada, pues debería tener como máximo 200. «Pero cuando ya llegan no les puedes negar la entrada», confiesa.

Relata que a sus manos han llegado caninos en pésimas condiciones: atropellados, sin una pata, sin orejas, con gusanos, enfermos de parasitosis, de parvovirus, con moquillo, problemas en la piel, ciegos y un largo etcétera.  

Su trabajo es desparasitarlos, vacunarlos, esterilizarlos y darles el cuidado o tratamiento que necesiten. El objetivo, menciona, es que alguien pueda adoptarlos. Tarea más que compleja.

«Lamentablemente la gente escoge para adoptar. Siempre ven primero el físico del perro». La mayoría de perros del refugio son mestizos, viejos, tienen alguna discapacidad o son de color negro; «esos», explica Marcia Carrera, «son los más difíciles de irse solo por el color».

Con lo que cuenta Marcia esa mayoría, muy probablemente, no tendrá la oportunidad de tener una familia. Solo les quedará esperar al final de sus vidas en el refugio.

El gran problema de la excesiva fauna urbana en situación callejera, analiza Marcia, se debe a la falta de educación de la ciudadanía. «La gente cree que el perro solo sirve para cuidar la casa y que debe estar en el patio encadenado y mientras más bravo sea, mejor. No le tienen el afecto como parte de la familia».   

Ella recuerda una de las tantas anécdotas que ha tenido: «Señora, me cambié de casa y no me aceptan con el perro». Entonces lo abandonan. Ella lo rememora y su mirada —lo poco del rostro que deja ver la mascarilla— se torna algo vidriosa y su voz trata de no romperse: «No tienen el más mínimo remordimiento de botarlo a la calle cuando no tienen dónde dejarlo. Si no me aceptan con el perro —explica— no puedo cambiarme a ese lugar, porque el perro es parte de mi familia«.

Aunque Marcia no le cierra las puertas a un perro que ha sido desechado, es enfática en señalar cuál es la verdadera función de un refugio: ser un hogar temporal para que luego el animal pueda ser adoptado, más no un espacio que recibe, recibe y recibe perros, como muchas personas piensan erróneamente.  

No hay cifras exactas sobre cuántos perros abandonados hay en las calles. Según un estudio de población animal urbana en Quito, realizado en 2018 por la Universidad San Francisco de Quito, se estima que hay un perro callejero por cada 22 habitantes. Unos 140 mil. En 2018. No obstante, para María Cristina Calderón, de la Fundación Camino a Casa, esa cifra se queda corta. Ella calcula que debe haber unos 500 mil perros en situación callejera. Solo en Quito.

Por eso, antes de tener una mascota, Marcia sostiene que una persona “que no tiene solvencia económica no puede tener un perro”, pues se debe tener en cuenta los gastos en vacunas, esterilización, comida, vitaminas si hacen falta, comida, etc. Además de que «un perro es para toda la vida, en las buenas y en las malas, en la riqueza y en la pobreza, así como lo dice el sacerdote en el matrimonio”, recalca.  

Ella, con su vasta experiencia en el mundo perruno, sabe el dinero que implica poseer uno. Incluso cómo manejarlo, gracias a su profesión. El 60% de gastos en el refugio, expone, viene de su sueldo como contadora general y el 40% restante de donaciones y apadrinamientos. “Se gasta al mes entre 4.000 a 4.500 dólares”, incluido luz, agua, sueldo para dos de sus trabajadores —quienes cuidan a los perros cuando ella tiene que trabajar presencialmente—, vacunas, medicinas, veterinarios pero sobre todo en comida.   

Por eso, en lo que más pide ayuda, es en la alimentación de los más de 200 peluditos. «Prefiero que la gente me done la comida, porque es el gasto más fuerte y el que no puede faltar». Lo dice como una madre que sabe que no le puede faltar comida a sus hijos.

Y aunque ha logrado mantener a flote a ‘Amigos de Isabella’, la situación se ha tornado compleja. El dueño del lugar falleció por COVID-19 y su viuda procedió a vender el terreno. Ante el riesgo de quedar desahuciados, una persona que conocía del refugio habló con el Alcalde de Quito, Jorge Yunda, quien ofreció un espacio mucho más grande en el sector de Bonanza, Calderón, a cambio de que el refugio se legalice como Fundación, proceso en el que ahora mismo se encuentran. 

Una gran ayuda, sí; sin embargo la tarea más titánica será levantar toda la infraestructura desde cero. Aproximadamente 70.000 dólares, comenta Marcia, se necesitarían para construir “la mejor Fundación de perros del Ecuador”. Todo un reto.

Por eso apela a la ayuda de las personas para que esa Fundación sea una realidad. Ya sea con bloques, ripio, arena, manos voluntarias o iniciativas que ayuden a lograr el objetivo.

A veces, a sus 56 años, las fuerzas le flaquean, pero no se rinde. Dejó su casa y sus comodidades para vivir en un lugar pequeño y modesto dentro del refugio, y así pasar más tiempo con sus más de 200 hijos. Entrega su sueldo, su tiempo y su vida a los perros de la calle. “A mí me gusta lo que hago, vivo con mis perros, soy feliz aquí y lo haré hasta el día en que yo me muera”, sentencia.

Hay un refrán que dice que el perro es el mejor amigo del hombre. Quizá así sea. Pero si de algo hay certeza es que ella es la mejor amiga que los perros desamparados pueden tener. 

Para ayudar al refugio con donaciones, comida, apadrinamientos u otras necesidades:

Cuenta de Ahorros: Valeria Saud / Banco del Pichincha / No. 2205565278 / Cédula 1718892217

Contacto: Marcia Carrera – 099 993 3297

Ubicación: Calderón, barrio La Pampa, calle Independencia, frente a Disensa

Refugio Amigos de Isabella