Agencia Andes

Son las 10 de la mañana en el centro histórico de Quito, capital ecuatoriana, en donde varios oficios de antaño permanecen suspendidos en el tiempo.

En la Dulcería Colonial ubicada cerca de la Catedral Metropolitana, Guadalupe Tito Flores recibe a sus clientes con coloridos jugos de tamarindo, mora, tuna, frutilla, taxo, guayaba, naranjilla y piña. Se levanta muy temprano a las 05:00 y llega 06:45 a su puesto de trabajo. A Guadalupe le encanta atender a los clientes y conocer gente nueva del extranjero y para ofrecer un mejor servicio, se ha innovado. Compró una máquina que prepara capuchino, café expreso, entre otros.

“Conservo lo tradicional, pero me gusta innovar, ya no vendo café en la cafetera, tengo máquina de punta” comentó con una sonrisa.

Ya son casi las 11:00 y encontramos a Gloria Haro pelando maní para preparar los dulces tradicionales que en Quito se ofrecen en varias presentaciones: maní dulce y salado, dulces de guayaba, y un producto llamado 7 machos que contiene habas, maní, tostado, pasas y caca de perro, este último manjar, aunque tiene un nombre peculiar es uno de los más apetecidos y está hecho de tostado dulce con un toque salado, contiene panela.

“Vienen contentos a comprar y endulzan la vida, es lo que más me gusta de mi trabajo que se vayan contentos y luego regresen” expresó Gloria.

En la calle Benalcázar, ubicada tras el Palacio de Carondelet, sede del gobierno ecuatoriano, el olor a café inunda el ambiente, allí está ubicado el negocio Café Águila de Oro, fundado hace 69 años, en 1948, por la familia de Alfonso Moya. Luego de 10 años, alrededor de 1958 le vendieron a la familia Almeida, quienes tuvieron más de 40 años a su cargo este local, luego se vendió a la familia Morales.

Mauricio Morales dijo que su padre trabaja hace 45 años en este sitio y ahora es el propietario: “Este negocio ha estado aquí prácticamente, toda una vida”, recuerda.

El café llega por quintales desde la zona de Puyango (provincia de Loja), se lo selecciona y se tuesta. Existen tres variedades: café oscuro (el más fuerte), mediano (suave) o rubio (como un té). Aquí los molinos y las máquinas tostadoras son las mismas que cuando se fundó.

Su padre les ha enseñado todo lo relacionado a su oficio con el café, “hemos estado atentos al café, como se identifica el aroma, el sabor, nos enseña a mí y a mis hermanos que estamos prácticamente a cargo del negocio”, contó Mauricio.

Y confirmó que personas que venían con sus abuelitos, ahora ya vienen con sus nietos o bisnietos y que eso es realmente muy emotivo para él y su padre.

Al lado de ese negocio está Gerardo Carrera, es relojero desde 1955, un oficio que aprendió de su padre desde que terminó la primaria.

Su afición creció con el tiempo, ha reparado relojes antiguos, uno de ellos el de la Iglesia de San Francisco, que lo chequea y da cuerda manualmente los lunes y los jueves.

Lo que más le gusta es reparar los relojes, ahora es más fácil reparar los actuales, pero los antiguos no, “como no hay repuestos toca fabricarlos muchas veces, adaptarlos y eso lleva tiempo”.

Carlos Cando es un fotógrafo de 47 años de edad, quien ejerce sus labores en la Plaza de San Francisco, se inició en ese trabajo hace 20 años, ayudando a un fotógrafo a repartir las tarjetas para que los clientes retiren las fotografías después de los eventos.

Así nació su pasión por la fotografía, le apasiona tomar fotos en fiestas populares como la Mama Negra, desfiles en Ambato, las fiestas de Loja. Recuerda que cuando se revelaba las imágenes en blanco y negro, mezclaba los químicos con las manos, que eso quemaba la piel.

El maestro Rivera le enseñó el oficio, un oficio con el que “se mantendrá hasta que el cuerpo aguante”, finalizó luego de tomar fotos a niños sobre un caballito de madera.

FOTO: Mercedes Pérez lija la imagen del niño Jesús para pintarlo nuevamente. Micaela Ayala/Andes

En la calle Bolívar e Imbabura trabaja Mercedes Pérez desde hace 15 años, a ratos utiliza una mascarilla y restaura imágenes religiosas que llevan los católicos: vírgenes, santos, al niño Jesús, al Divino Niño, que a veces con el paso del tiempo se dañan. En este taller se retocan y se las vuelve a embellecer. Además, se elaboran imágenes religiosas a pedido.

Pérez restaura “santos y pecadores”, porque no solo las imágenes son reparadas, sino que también ayuda a borrar las cicatrices que tienen algunas personas en el rostro. Afirmó que se pueden borrar casi totalmente cuando no tienen más de un mes; lijan y retocan la piel con el mismo material que se usa para las imágenes religiosas.

Mercedes confesó que ama su trabajo, porque logra con su esfuerzo y arte, revivir imágenes que, deslucidas por el tiempo o el uso, vuelven a brillar en sus manos.